
¿Qué es ser escritor? A priori la respuesta más inmediata sería “alguien que escribe y vive de ello”. Se trata de una respuesta aséptica, simple, cruel. No hay cabida aquí para la visión romántica de que lo es quien escribe simplemente por el placer de hacerlo o de aquel que escribe y al que leen, pero que no vive de ello. No, en esta definición directa se apela al carácter profesional inherente a la acepción de ser escritor, como otros pueden ser fontaneros, consultores o sastres. Hablamos de oficio con beneficio.
Ahora bien, si esto es así, ¿por qué últimamente parece que cualquiera puede ser escritor e incluso se alienta a ello desde determinadas plataformas de formación y pseudo editoriales? La respuesta corta y evidente es porque para esas empresas se trata de hacer negocio; y su principal activo no son las personas que quieren dedicarse a escribir por vocación, sino aquellas otras que creen que por escribir un libro van a ser más valoradas y van dar el salto a la fama; en definitiva, apelan al ego.
Al alimentar egos cobrando por adelantado para imprimir libros de escasa relevancia se produce una perversión del oficio de los escritores y también del oficio de los editores. Los primeros, los de verdad, ven cómo sus obras bien desarrolladas y documentadas son eclipsadas por decenas de miles de folletos que inundan las editoriales y, en muchos casos, las librerías. La literatura como medio revolucionario, como revulsivo, como catarsis, ha sido arrollada por la necesidad imperiosa de ser aceptada, de generar likes y followers y, para ello, se promulgan mantras tales como “escribe para tus lectores, no para ti”. Esto rompe la tradición literaria surgida de la necesidad de denuncia, de confrontación, de debate, de intelectualidad. En cuanto a los segundos, la idiosincrasia de un mercado saturado de obras mediocres los lleva a fijarse más en el alcance que tal o cual autor puedan tener de cara a vender sus obras, empleando como barómetro los seguidores que tienen en sus redes sociales, que en la calidad de sus escritos.
Al saturarse las editoriales tradicionales y al verse obligados los autores a pagar sumas que en algunos casos son prohibitivas, muchos son arrastrados a autopublicar a través de plataformas que permiten de manera aparentemente gratuita hacer público lo que sea, incluyendo los llamados “libros de bajo contenido”. De nuevo, la democratización mercantilista del oficio de escribir que promueven estas plataformas asesta otro hachazo al tronco de la literatura de calidad, haciendo que la sabia del conocimiento o de las emociones se reduzca apenas a un hilillo. El hecho de autoplicar y de contar con este tipo de herramientas es maravilloso siempre y cuando los autores se tomen lo que hacen en serio, ya que, por desgracia, la falta de filtro suele provocar dejadez, especialmente cuando falta vocación e impera sólo la absurda pretensión de alcanzar una visibilidad carente de base.
Estoy resumiendo de manera salvaje una situación con miles de aristas y dobleces simplemente para ilustrar algunos de los mecanismos que han llevado a la caída de la calidad literaria de los últimos años. Ciertamente, el lenguaje evoluciona y las temáticas cambian, pero una cosa es la evolución y otra muy distinta la involución. Esta es una reflexión generalista que no tiene en cuenta las maravillosas excepciones que todavía se pueden disfrutar. El problema estriba en que lo que antes era algo excepcional, esto es, el ser escritor y publicar obras de alta calidad a través de una editorial profesional, se ha querido convertir en la norma abriendo el acceso a la imprenta y a la distribución a miles de autores que ni son escritores ni lo serán nunca.
Hagamos un ejercicio de abstracción muy sencillo. Imaginemos que una persona a quien le tiembla el pulso quisiera ser cirujano y que en las facultades de medicina le diesen ánimos para lograrlo. ¿Alguien en su sano juicio se dejaría operar por esa persona?. Entonces, ¿por qué aquellos autores que no escriben bien pueden convertirse en escritores? Y aquí vuelvo a la pregunta con la que abrí esta reflexión: ¿qué es ser escritor? Un escritor es un profesional de las palabras, es un artesano del lenguaje capaz de crear mundos o de transmitir conocimientos o de remover conciencias o de emocionar. En cuanto ese alguien es capaz de generar en los demás emociones, sentimientos y sensaciones, transformando vidas o aportando nuevas perspectivas sus obras alcanzan la categoría de arte y, por norma general, los artistas que son fieles a su inspiración rara vez alcanzan fama o éxito desmedidos, precisamente, lo que ahora se promete cacareándolo desde las tribunas de todas esas plataformas que predican el “cualquiera puede ser escritor”.
No estoy diciendo que sólo debería haber escritos al nivel de los clásicos de la literatura, es bueno que haya diversidad y que se atraigan a lectores de índole muy diversa, pero no creo que sea tan bueno prostituir el concepto de escritor simplemente para ganar dinero a costa de alimentar egos publicando obras mediocres plagadas de faltas de ortografía, de estilo y con escasa o nula congruencia.
Como siempre, es mi opinión.
J. M. Varela